Era una mañana lluviosa. Por el Bosque de Elwynn sonaban las pisadas de los animales sobre la hierba mojada. Ya en la entrada de la ciudad se percibía un olor penetrante que, al olfatearlo, recordó a Ziel un conjunto de cosas que no había podido olvidar de aquel lugar. Ratas, alcohol, tabernas, humo, pan.... Mmmm, aquel rico pan de la vendedora ambulante... Sólo pensar dónde podían haberlo cocinado le daba escalofríos pero el sabor era tan, como decírlo, peculiar.
Atravesó el ancho puente decorado con enormes estatuas de diversas razas. Enanos, elfos, humanos. Cada una con su placa. Ni se paró a leerlas; había pasado tantas veces por allí que se las conocía de memoria.
Amandil estaba nervioso. La lluvia no era muy de su agrado, pero aquel felino se había acostumbrado a acompañarla allá donde fuese, raudo como el viento. Amandil era de un color dificil de definir. Un Sable de la Luna presto, dócil, ágil y tremendamente comilón. Pero sabía buscarse la vida para ello, aunque más de una vez la elfa le había regañado por tratar de apoderarse de la vida de alguna de las ratas que corrían libres por las calles de Ventormenta. Quién sabe que podrían traer como desgracia.
Iban a paso lento. El cuerpo de Zielvarcel se balanceaba con cada movimiento del enorme gato y su capa pesaba por la lluvia. Estaba cansada. Ni siquiera le apetecía pasarse por El Cerdo Borracho para encontrar algún viajero con el que charlar.
Hacía tiempo que se había acostumbrado a las tertulias de las tabernas. Recordó una vez. Estando sentada en el Cerdo, bebiendo la Hidromiel tan fantástica de Reese, se le acercó un humano joven. Se sentó en la mesa y comenzó a hablarle sobre unas extrañas cartas. Según él, podían predecir el futuro. Pero Ziel no se lo creía, sólo le siguió el juego permitiendo que le desvelase lo que el futuro cercano le deparaba. Pero el humano se lo tomaba demasiado en serio.
-Me viene de familia- dijo el humano.
-¿De familia?... Algo curioso. ¿Brujos acaso?. No serán cosas de demonios.
Ziel levantó una ceja inquisitivamente a modo de broma y el humano sonrió.
-Oh, no, no-contestó mientras bajaba la mirada hacia la baraja de cartas.
-Parecen muy antiguas- comentó la elfa observando los bordes corroídos por el tiempo.
El humano la miro a los ojos.
-Bueno, en realidad si lo son - bebió un sorbo de la jarra de Bourbon que tenía sobre la mesa y la dejó caer pesadamente provocando un fuerte ruido en el piso inferior.
La taberna era de madera vieja, con dos pisos. En el piso inferior habia una mesa grande con varias sillas y bajo las escaleras, otra más pequeña. Se preguntaba si aquel hombre sería supersticioso también.
-Me las entregó un viejo familiar -continuó el humano- Creyó ver en mi esa virtud que él también poseía. Al parecer aquellos que la tienen son los únicos que pueden ver el futuro en estas cartas...
El hombre se sonrojó al observar que la elfa dejaba entrever una sonrisa.
-Entonces... tal vez podamos averiguar cual será mi próximo destino.
-Claro...ejem...-se sonrojó un poco más y comenzó a dar indicaciones a Zielvarcel que, dispuesta a seguirlas, dividió el mazo en tres partes.
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